El reencuentro

Ella ya se sentía bien o al menos eso creía.

Recordó que su tarjeta estaba redireccionada a algo que él tenía. Le escribió para decirle que la quitara, le dijo que si necesitaba su presencia, su tarjeta o algo, le dijera pero que lo hiciera.

De pronto estaban en el mismo lugar, ella tranquila, él nervioso.

Caminaron sin hablar, cuando llegaron para arreglar lo de la tarjeta, estaba cerrado. Ella pudo despedirse y tomar un taxi aunque iban para el mismo lugar, pero no fue así.

Él le dijo que podían caminar, ella tenía sed. Él seguía recordando perfecto lo que ella bebía cuando estaba sedienta. Lo buscó hasta que lo encontró, aunque tampoco era tan difícil.

Comenzaron preguntando cómo estaban, ella dijo lo necesario, no quería revelar su trabajo, él tampoco dijo mucho.

Pronto vinieron los reclamos. Ella todavía le guardaba odio por tantas cosas, lo sacó. Él repetía “se que ya no quieres volver, ya no me lo digas, mi alma te extraña”.

Vinieron varias palabras, porque eso sí, hablaba hermoso, casi perfecto, pero no lo demostraba.

“Te di mi vida recuerdalo, daría lo que fuera por regresar el tiempo y hacerte la mujer más feliz. Te cantaría al despertar y al dormir. Te haría el desayuno, me bañaría contigo diario, te acompañaría al trabajo. Sé que estás de vacaciones, vámonos de viaje como antes”, chin, ella recordó todo.

Ella empezó a recordar esa rutina que amaba, el despertar, esos 5 minutos que él siempre le daba, como la alcanzaba en el baño después de que ella ya se había puesto shampoo, como él metía las toallas y le daba su espacio, como el se quedaba más tiempo en el baño mientras ella corría (porque siempre se le hacía tarde), como él le planchaba la ropa y le hacía un emparedado para que lo llevará al trabajo mientras ella sacaba las barras y al mismo tiempo lo amenazaba para que se la comiera y no volviera con ella en la mochila, como corrían a alcanzar un camión y antes de subir le daba mucho cambio porque era merenguero.

Recordó que amaba que le escribiera todo el día las primeras veces, que se fueran contando el día, las juntas, las personas con las que estaban, los corajes que pasaban, qué comían y cuánto se amaban, claro, las primeras veces.

Al regresar a casa caminar al cine, cenar en casa, salir por un té o un postre (siempre pastel, ella lo amaba), ver una película en la cama hasta que ella se durmiera.

Al dormir, ella siempre quería dar el beso de buenas noches y dormir abrazados, qué cursi, ¿no? Así lo quería y que le cantara al dormir (por si fuera poco).

Después de esto no pudo contener el llanto, le dolió. Amaba eso, lo recordó todo, sabía que en el fondo lo extrañaba. Había bloqueado lo bonito, lo que adoraba, su casa, su cama (su lado al dormir), el baño (que guardaba siempre buenos recuerdos), la cocina (esas cenas tan ricas que él preparaba) y el exceso de comida (nunca se acababa, pero siempre se echaba a perder). Lo abrazó.

Él le confesó que no podía seguir viviendo en el mismo hogar sin ella, él tenía hasta el viernes 29 de agosto para dejar el lugar, le dijo que si todavía quería podía regresar a ese “su hogar” que hacía todo para que volvieran.

Después le contó que un día antes él había soñado que estaba en la cama a su lado. Despertó llorando. También le confesó que al irse de la casa él donó todo lo que ella dejó, hasta rompió la foto donde lucían felices (en pedazos tan diminutos que el sentido de la foto se perdió).

Tres horas, no saben cómo se fue tan rápido el tiempo. A ella le llamaron del trabajo, se tenía que ir. Llegó la despedida. Qué difícil.

Él le dijo que la iba a esperar siempre, que la amaría toda la vida, que nunca había amado a alguien así, que nunca lo haría de nuevo. A ella se le hizo un nudo en la garganta, le pidió que fuera feliz que tuviera ocho hijos (ella siempre los quiso). Él sólo soñaba que uno de sus hijos le dijera papá y ella lo estuviera tomando de la mano.

Él le confesó que al tratar de encontrarla vio en un tuit una foto donde ella se encontraba en un lugar muy alto. Así que  visitó siete lugares altos y esperó más de tres horas con varios ramos de flores. Así la esperaría y la seguiría buscando toda la vida.

Ella tenía que irse, se subió al camión pues lo dejó en su casa, el hogar que había sido de ambos. Él se subió al mismo camión. Ella no quería que supiera donde vivía, pues sabía que iría diario a verla a pedirle perdón e intentar volver.

Él le dijo, “sólo dime que me vaya”.

“Vete”.

“Verte ayer fue maravilloso. Yo creo en Dios por ti”…

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Acerca de Dalila Andriano

Periodista, deportista, clinomaniaca y ahora toda una #SeñoraDeLaCasa.
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